Aurora

Colabora en el Comité desde hace unos quince años y ha participado en diversos programas de atención directa destinados a ayudar a mujeres con VIH. Es enfermera de profesión, voluntaria convencida y podría decirse que ha pasado toda su vida al servicio de los demás. Aurora lleva 83 años regalando toda su luz.

Era mujer de médico, en concreto, la esposa del director gerente del Hospital Peset de Valencia. No hacía falta que nadie le dijera allá por el año 55 que no tenía por qué trabajar en tal circunstancia, que lo apropiado era conformar una familia numerosa y sana, y que podía dedicarse a sus quehaceres con el mayor de los desahogos. Sin embargo, Aurora siempre ha sabido que su cometido iba mucho más allá. A ella le preocupaba la gente; no podía olvidar todo lo que había vivido.

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“Formé parte de los niños de la Guerra que enviaron a Francia a los campos de concentración cuando llegaron las tropas franquistas a Barcelona, estuve allí a solas con mi hermano. Yo tenía 6 años, era 1938, mi padre acababa de abandonar a mi madre y a nosotros decidieron llevarnos al chalé de un médico que había acogido a decenas de niños. Allí estuvimos bien, que yo recuerde, pero  todo cambió con el traslado a Bayona, cuando mi hermano enfermó de tuberculosis y yo me convertí en la única persona que podía cuidarle”.

Era una niña y ya limpiaba con esmero los cubos donde su hermano depositaba los esputos sangrientos. Era una niña-mujer quizás inconsciente de la situación política que vivía, pero plenamente concienciada de que lo único importante era mantener con vida a su hermano seis años mayor: “tuvieron que venir los trenes a por nosotros y, para nuestra sorpresa, trajeron a mi madre hasta Francia”. Volvían a Barcelona los tres, a procurar iniciar una nueva vida sin el padre y en un recién estrenado estado represivo.

A su llegada, el hermano emperoró notablemente y falleció al poco tiempo, entonces, deseando ofrecerle el mejor de los caminos, la madre de Aurora optó por enviarla al internado de las Mercedarias Misioneras, aprovechando la contribución económica de su ex marido. Pasó allí el resto de su niñez y parte de su adolescencia: “las monjas fueron como madres para mí, a pesar de que más tarde me enteraría de que mi padre no pagó todas las cuotas”. A los 18 años había estudiado secretariado y a los 23 finalizó en la universidad la carrera de enfermería: “lo primero que hice con el sueldo de mi primer trabajo fue pagar la deuda que tenía en el colegio. En ese hospital conocí a mi marido, me quedé embarazada y, cuando lo trasladaron a Valencia, nunca más volví a ejercer mi profesión”.

Aurora y Luis tuvieron cuatro hijos. Ella los cuidaba con esmero, así como a su madre, que también convivía en el seno familiar. Pero no se contentaba solo con esas funciones, que entonces consideraba su obligación como mujer; Aurora pasaba largas horas en el laboratorio con su marido, colaborando con el equipo de investigadores que entonces andaban desarrollando unas primeras teorías para combatir diversos tipos de cáncer. Pasó a dedicar, poco después, la jornada completa al cuidado de su madre, pero en el año 88 falleció siendo ya muy anciana. Fue justo después cuando su marido se autodiagnosticó Parkinson y Alzheimer en segunda fase: “de nuevo, había una persona que me necesitaba para casi todo, y yo me volqué con él con la misma energía que con mi madre. Las cosas venían así y había que poder con ellas”.

Cuando falleció su marido en el año 94 y contempló a sus hijos crecidos e independientes, decidió salir de casa para hacer lo que mejor se le daba: “conocí el Comité Antisida y al poco tiempo comencé a involucrarme de manera muy activa”. Aurora participó desde sus inicios en un programa destinado a mujeres embarazadas con VIH, les hablaba de prevención, les prestaba una mano amiga. Ella aconsejaba y escuchaba a las mujeres que no tenían a quién contar. Ella cuidaba de todas y ese estado moral la invitaba sin saberlo a cuidar de sí misma, a mantenerse afanosa.

Hoy Aurora continúa su labor como voluntaria con una energía arrolladora. Ella despierta los ánimos a cualquier usuario o técnico. Pertenece al equipo de Atención Psicológica en Hospitales y participa semanalmente en los Servicios de Ayuda a Domicilio: “hago acompañamientos a centros sanitarios, realizo gestiones administrativas de toda índole, comparto mi ocio con mujeres con VIH que están solas y, en definitiva, contribuir por cuidar a las personas es lo que me hace sentir viva”.

Aurora lo ha dado todo por ser hermana, por ser hija, por ser esposa y por ser madre. Cuando escapó de tales funciones, de estos estatus que había desempeñado religiosamente, comprometidísima, entonces continuó trabajando por seguir siendo la mujer que le gustaba ver en el espejo: esa que trabaja incansable por los demás, cualesquiera, sin pretender nada a cambio, sin importar lo que digan. Y sin dejar de iluminar. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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