La de la choza del cojo

Cuando Paqui llegó hasta Valencia en busca de su madre, la encontró ejerciendo la prostitución para un proxeneta argentino buscado por la Interpol. No se sorprendió demasiado, ya nada podía dejarla sin palabras, ella venía embarazada de Córdoba y necesitaba simplemente que un ser querido la acogiera en su regazo: “el chulo de mi madre decidió darme un dinero para abortar, tratándome de convencer de que no me convenía tener hijos, y yo lo acepté sin pensar demasiado en las consecuencias”. Pero Paqui no abortó y tuvo una hija. Y adquirió también una deuda con un hombre violento que la convertiría durante años en mercancía para su negocio.

PARTE I

En la época en que nació, su padre era guitarrista de flamenco y su madre bailaora, y ambos eran propietarios de la Choza del Cojo, una taberna legendaria a las afueras de Córdoba que contaba con gran afluencia de clientes desde tiempos isabelinos. Sin embargo, a los pocos meses de andar Paqui balbuceando sus primeros sonidos, ambos artistas pusieron fin a su relación y el padre quedó al mando del tablao y de la hija: “mi madre se fue de casa porque se había cansado de aguantar las aventuras de mi padre y él inició una relación poco después con una niña de 15 años”. Aunque la vida de Paqui no era sencilla, al menos podía visitar a su madre todos los veranos. Ella se había venido a Valencia a trabajar en una whiskería y animaba a su hija a mudarse con ella a sabiendas de que Paqui tenía un padre distante, pero exigente, dispuesto a cualquier cosa por impedirle marchar de forma definitiva.

Con el paso de los años fue aumentando el número de hermanos: “entre amante y amante llegué a contar unos ocho hijos de mi padre, lo cual no dejaba de sorprenderme porque yo había crecido pensando que mi padre no deseaba tener descendencia”. Y esto lo dice porque confiesa que se crió prácticamente sola en una masía, en medio de campos de cultivo, donde la había trasladado su padre para recuperarse de unas infecciones: “esa fue la excusa que puso ante toda la gente que le preguntaba por mí, para aislarme de los hombres durante toda mi adolescencia. Lo sé porque con el tiempo admitió que quería evitar que cualquiera me hiciera todo lo que él hacía con otras niñas”.

Cuenta Paqui que su padre era un hombre inseguro que compensaba su trastorno con la bebida y con violencia dirigida a las mujeres de su entorno: “no fui la única a la que pegó palizas pero, desde luego, por entonces fui la persona con la que más se ensañó durante años. Un error en una multiplicación podía significar un rimero de golpes con una picha de toro. Este instrumento, también llamado bastón de vergajo, cumplía su misión requerida a la perfección: golpear con facilidad y producir un escozor agudo a la vez que un fuerte trauma sin romper tejido. “No recuerdo ni las veces que quedé desplomada en el suelo de mi casa por cualquier causa que para mi padre fuera importante”. Y como su amenaza habitual era: igual te hago que te deshago, Paqui trató de escaparse de casa en numerosas ocasiones y, con 17 años, se marchó y se casó con José Luis, su primer novio. Pero pasar de hija a esposa no parecía augurar un crecimiento personal, sino un mero cambio de soga con que vincularse a los hombres de su vida.

PARTE II

Las conductas adictivas de Jose Luis eran cada vez más acusadas a pesar de que se esforzaba sobremanera por que Paqui no conociera el estado real de sus enganches: “Yo sabía que le gustaba esnifar, yo había consumido también en alguna ocasión de este modo, pero poco después me enteré de que se abría la vena para meterse el jaco y eso dejó de hacerme gracia”. Mantuvieron una relación de 5 años sin protección sexual de ningún tipo: “después incluso empezamos a compartir jeringuillas, cuando me convencí de que quería experimentar todo lo que él probara”.

El segundo chute

Paqui recuerda su primer chute con toda claridad: “fue José Luis quien se atrevió a clavar la aguja, a mí me daba miedo, y lo que pasó después fue un cúmulo de sueño y vómitos que, a la par, desorbitaron mi cabeza. No me encontraba nada bien y, según mis primeras impresiones, me parecía que quien se chutaba era un poco masoca. Y no lo hice más. Sin embargo, la semana siguiente había pillado un resfriado muy fuerte y comencé a sentir el cuerpo muy debilitado: “no es un resfriado; es el mono, Paqui” –le informaba José Luis-. Y el chute siguiente fue el momento más regenerador de mi vida. Me sentí como nunca”.

En aquel momento Paqui no se hizo la prueba de VIH y continuó consumiendo hasta que los médicos la avisaron de que estaba embarazada. Fue entonces cuando acudió a Valencia en busca de su madre, la cual le aconsejaría aceptar el dinero del prestamista, que pasó a convertirse en el tercero de sus dueños.

Tratificada

Bilbao, Barcelona, Madrid… Paqui ha dejado de recordar las ciudades por las que pasó para ofrecer su cuerpo a cambio de un dinero que solo veía de pasada. Ya fueran chalets clandestinos o clubes, cualquier lugar ofrecía a la joven Paqui la oportunidad de pagar una deuda cuyos intereses nunca pactados no dejaban de aumentar: “el argentino llevaba pistola y yo obedecía sus mandatos con la condición de que mi madre en Valencia pudiera cuidar de mi hija”. Tenía 20 años y usaba el escudo de la droga para embriagar sus pensamientos y perder la conciencia de sus actos. Y al enterarse de que su marido acababa de morir de sida en Córdoba, entonces, no pudo más: “después de ser su esclava durante años, decidí con mucho miedo denunciar al argentino. Y lo perdió de vista porque al parecer lo andaban buscando instancias internacionales. Y se instaló en Valencia con su madre y con su hija, por primera vez, sintiéndose libre. Solo ya presa de la droga.

Pensando que no le quedaban muchos años de vida porque su ritmo era devastador, Paqui conoció a Enrique y se aseguró de que, con él, nunca le faltaría mercancía que echarse al tabique: “él viajaba a Tailandia y se traía fardos de heroína que luego iba colocando por Málaga, Granada y Valencia. Yo lo acompañaba a veces y nos parecía una forma fácil y romántica de encontrar dinero, menos sucia que ofreciendo mi cuerpo”. Sin embargo, a Enrique le apareció un herpes Zóster al poco tiempo y le diagnosticaron VIH. Paqui se hizo las pruebas y también le entregaron resultados positivos.

“Tenía VIH así que dejó de importarme experimentar cualquier droga o relación sexual en condiciones pésimas de higiene y seguridad; no apostaba nada por mí”. Pero Paqui no sabría que su diagnóstico era erróneo hasta un tiempo después.

“El día que los médicos rectificaron lo recordaré toda mi vida. Había tentado a la suerte. Había sido, aún si cabe, más temeraria todavía en los últimos meses porque pensaba que en cualquier momento podía palmarla. Y ahora me decían que debía cuidarme porque yo no estaba infectada  y, además, volvía a estar embarazada”. No salía del asombro, no comprendía el error, sentía que lo que sucedía formaba parte de un pacto con el diablo, así que prosiguió con su embarazo y pasó dos años alejada de Enrique y de la droga.

PARTE III

“El dinero iba faltando y yo tenía dos bocas que alimentar, así que con el tiempo me vi obligada a continuar ejerciendo la prostitución, eso sí, ahora de manera independiente”. Pasó por El Ciervo, por el Club 2000 y por El Coto. Y en todos estos lugares sintió la necesidad de volver a anestesiarse para limitar sus sensaciones: “sufría depresiones intermitentes porque me veía forzada a hacer cosas que me daban asco, así que cuando me decidía a no volver al club, cogía el carro con mis niñas y me dedicaba a robar en grandes superficies”. Siempre conjeturaba un nuevo modo de actuar: “lo que no hiciera yo por mis hijas, no lo haría nadie”.

Conoció a Santiago en los 90 y la instó a dejar definitivamente la prostitución, pero su relación no se prolongaría en el tiempo. Después, una tarde del 95, un hombre la sedujo en una redada antidroga en el barrio chino: “yo estaba en calle Balmes, trabajando, y llegó la poli con ganas de desvalijar a la gente que pasaba por allí; entonces un tipo que llevaba dos bolas de heroína en la boca comenzó a besarme y las trasladó hasta mi boca. Pudimos disimular y marchamos sigilosos, entre risas, así que le dije que tenía una deuda conmigo: nos metimos dos chutes y mantuvimos sexo toda la tarde”.

Cuenta Paqui que le preguntó muchas veces si tenía VIH. Él contestó que no todas ellas y vivieron una relación de dos años, con sus más y con sus menos: “rompimos en cuanto me enteré de que me había engañado todo ese tiempo, porque él sí tenía VIH y lo sabía”.

Caía y recaía. Y no encontraba refugio que la distanciara de los chinos y de las amistades interesadas. Volvió a conocer a un hombre, con quien tuvo a su tercera hija y con quien se continuaba drogando, pero la abandonó en 2005 por un cáncer de pulmón. Todo ese tiempo, y desde entonces, Paqui ha luchado por combatir sus enganches y el rechazo de sus hijas: “probé todas las técnicas: el consumo antagonista, la cura del sueño, el ingreso aislado… pero nada era suficiente; si me encerraban en una habitación siempre trataba de escaparme”. Y eso es justo lo que le pasó hace cinco años, que se tiró desde un balcón para salir de la habitación donde los educadores la tenían controlada y, magullada, se subió a un taxi rumbo a Las Cañas en busca de un nuevo coloque.

Y es por ello que me la encontré ayer en la entrada del Centro de día del Comité Antisida. Porque esperaba a su novio. Porque tras aquella salida aérea de aquel centro de deshabituación, Paqui dio de nuevo con su ex novio José Luis y decidió darle otra oportunidad porque el VIH no iba a limitar ese nuevo acercamiento que se producía: “José Luis viene todos los días al Comité y yo lo apoyo porque ya no consume y se le ve estupendo. Nuestra relación no es idílica, tenemos muchos problemas, pero por ahora vivir así es mejor que cualquier otra cosa que he tenido”.

Paqui confiesa que desde hace 6 meses solo consume metadona: “mi vida ha sido muy intensa, de película, pero solo yo sé cuánto he sufrido y a cuántas cosas me he visto obligada”. Y por eso, sin obligación más que la de cuidarse, hoy Paqui va dando pasos que la conducirán hacia un nuevo estado: “mi objetivo no es otro que llegar a ser persona. Porque solo una vez lo consigues te haces con el poder: el poder de sentir, de amar de nuevo. Y poder empezar a recuperar a tu familia.   ♦ Pilar Devesa – Valencia

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