Lo capicúa que hay en mí

No había dejado de querer ser mujer cuando salió de la cárcel, pero lo había pensado concienzudamente y decidió que era la opción más adecuada para mantenerse alejada de las drogas y de la prostitución. La sociedad no estaba preparada para aceptarla como mujer transexual y Domi se cansó de ser el estereotipo que todos habían hecho de ella: una artista de la farándula y, cuando no, carne de cañón a servicio de cualquier hombre en plena calle de la Paz. 

El sexo psicológico es aquél con el que la persona se siente identificada. Viene determinado por su identidad sexual.
El sexo social es el construido socialmente a través de comportamientos, valores y actitudes, que son consideradas propias de hombres o mujeres.
El sexo biológico, la suma de todos los elementos sexuados del organismo.
Y el género, la suma de manifestaciones y valores que se asocian culturalmente
a un sexo determinado
.
El semáforo de las palabras sobre transexualidad, 2006,
Asociación estatal de hombres transexuales

En los años 80 los roles de género comienzan a desprenderse de su condición intrínseca e inamovible: las mujeres salen de sus casas para plantar cara al patriarcado y muchas personas que a menudo se pensaban homosexuales inician un período de apertura y transgresión en todos los niveles. Todos y todas querían liberarse, despojarse de las cargas psicológicas y sociales que habían venido arrastrando durante la represión franquista, y sentir que se les otorgaba una oportunidad de ser felices sin peros. Había un halo de luz, parecía que había llegado el momento de dejar de esconderse: “se dice que son pocas las personas dispuestas a cambiar todo en su vida para cumplir su sueño. Yo quise creer que me merecería la pena, pero de nada sirvió mi valentía, ni tanto sufrimiento de mi familia. No se me permitió llevar la vida de una mujer normal y para sentirme respetada tuve que volver a ser un hombre”.

La época en que cultivar una calabaza gigante era noticia

Domi nació en el seno de una familia rural que vivía en una casa cedida por un gran propietario a cambio de trabajar sus terrenos en las inmediaciones de Llaurí, un pueblo cerca de Cullera. Era el año 1961. Los padres de Domi acababan de perder a dos hijos ahogados en una charca de la propiedad y la vida en casa estaba inundada por la tristeza: “mi padre no sabía otra cosa que cuidar animales y trabajar la tierra. Era un hombre bueno que si recogía un saco de naranjas cuando llegaba a casa traía medio quilo porque el resto lo había ido repartiendo. Sin embargo, la mitad de lo que ganaba lo gastaba jugando en el bar y bebiendo. Mi madre, sin embargo, era la que fregaba, cocinaba y cuidaba de los hijos con todo el amor que podía”. Unos años más tarde, otro de los hermanos enfermó por aquella época y también falleció. La madre dio un ultimátum a su marido: “no puedo estar en esta casa más, me voy con los niños, con o sin ti”.

Finalmente, partieron el matrimonio y sus otros cuatro hijos a casa de un familiar en el Cabanyal. Se movieron a Paterna y en última instancia se acabaron instalando en Burjassot, donde el padre encontró una granja de pollos en la que trabajar. Por entonces, Domi tenía 4 años y ya se sentía un niño diferente.

La madre de Domi comenzó a dedicarse a la limpieza y el padre encontró unas tierras que cultivar y en las que pasar el rato. A Domi le gustaba ayudar y una vez la prensa le entrevistó porque recolectó junto a su padre una calabaza descomunal: “he sido siempre una persona muy dispuesta a ayudar, he tenido mucha sensibilidad y no comprendía qué sucedía dentro de mí. Siempre he ido con chicas y eso me hacía ser el centro de las burlas de los compañeros y profesores”. Cuando en clase de gimnasia Domi no corría tanto como otros niños el profesor le ridiculizaba. Llegó a pegarle en una ocasión porque el equipo de clase había perdido un partido de fútbol por su culpa. Y Domi se sentía mal porque se veía obligado a realizar actividades con las que no se sentía identificado. A él le encantaba saltar a la comba, cantar, bailar y pasar tiempo con su madre. Le encantaba que le contara aquellas historias de la Guerra Civil, cuando su familia se escondía bajo las barcas de la Malvarrosa para escapar de los bombardeos fascistas. Domi era una persona fácilmente impresionable y estaba deseoso de descubrir lo que había más allá de los campos de naranjos.

En 1977 el padre de Domi muere de cirrosis a los 61 años y la madre rehace su vida al poco tiempo: “todos nos debíamos una nueva oportunidad así que decidí alquilar un piso en Valencia”. Tenía 17 años, comenzó a trabajar de camarero y empezó a conocer que había más personas como él: “al llegar comprendí que no había un gay cada diez pueblos y me sentí aliviado porque pensé que había encontrado la respuesta a mis preguntas”. Domi comenzó a descubrir el mundo de la noche sin dejar de pensar que debía ser muy cuidadoso: “mi primera relación sexual fue con un chico que conocí en la discoteca Emperador. Se llamaba Daniel y me dijo que tenía novia, cosa que me sorprendió. Yo aún no sabía nada de la vida. Él me invitó a dormir a su casa y yo acepté, a pesar de que no entendía que un hetero quisiera sexo con un hombre. Él me pidió que me quedara a dormir y yo estuve toda la noche en vela por si se arrepentía y decidía hacerme daño”.

Domi comenzó a experimentar con su cuerpo de manera más normalizada, seguía buscando respuestas que le ayudaran a comprender lo que había vivido durante su infancia y al poco tiempo se vio motivado para dar un paso más: “empezaron a ponerse de moda las actrices trans y me sentí muy atraído por ellas. Me parecían guapísimas y pensé que yo también podría ser una mujer preciosa. Entonces tenía 20 años y sentí que había encontrado un modo de vida coherente con mi manera de ser”.

Era una decisión muy difícil, implicaba comenzar a modificar la voz, el vestuario, los comportamientos, actitudes y los gestos. Domi estaba dispuesto a crear una nueva identidad acorde a la personalidad que había mantenido oculta desde que nació, así que habiendo nacido hombre se sometió a un proceso progresivo de cambio de sexo: “lo primero que hice fue rasurarme el pelo de todo el cuerpo y dejarme crecer el de la cabeza. Comencé usando ropa de mujer y poco después empecé a hormonarme y me operé la cara y los pechos. Me veía como una estrella, era guapísima y muchos hombres se sintieron atraídos por mí y eso me encantaba. Otros solo quisieron aprovecharse”.

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Ser trans en los 80 te permitía ganar dinero muy fácilmente; eras una novedad morbosa, algo casi inexplicable en aquel momento, así que todos querían saber lo que era echar un polvo con una mujer como yo, explica Domi mientras se saca unas fotos de su cartera. También cuenta que había conocido a un par de actrices transexuales y la invitaron a formar parte de su equipo: “empezamos a hacer bolos por todas las salas de Valencia y pronto nos llamaron de otras provincias del país. Teníamos mucho público y yo me sentía una verdadera artista”. Sin embargo, las actuaciones no siempre satisfacían económicamente las necesidades de Domi, que estaba llevando a cabo el pago de todos los tratamientos de reasignación sexual, así que comenzó a vivir la calle, con todos los peligros que la habitan.

“Me prostituí durante varios años y viví situaciones de todo tipo: para reír y para llorar. Sin embargo, fui víctima de injusticias muy graves sólo por el hecho de ser transexual”. Dice que podría poner mil ejemplos y, de repente, se lanza rápidamente a contar una anécdota que considera especialmente ilustrativa: “en una ocasión dos policías me subieron al coche para llevarme a comisaría supuestamente por prostituirme en la calle, pero en realidad me llevaron a un descampado: te soltamos si nos la chupas a los dos, me dijeron. Y me desnudaron, se llevaron mi ropa y me dejaron allí tirada a las tantas de la madrugada. Regresé a casa haciendo autostop tapándome los genitales con un trapo que había tirado por tierra”. No fue la única vez que Domi vivió un abuso de este tipo. Y tampoco fue él único tipo de abuso al que fue sometida.

José era un hombre grande y fuerte que trabajaba en Levantina Seguridad. Un tipo chapado a la antigua que quedó prendado de Domi una noche que reclamó sus servicios por los callejones contiguos a calle de la Paz: “él era muy hombre y me encantaba y, a pesar de que se consideraba hetero, siempre me demostró en la intimidad que yo le gustaba de verdad”. Establecieron una relación formal que duró algunos años: “eso sí, yo debía hacer grandes esfuerzos ante sus amigos y familiares para que nadie sospechara que no era una mujer como las demás. A veces incluso sacaba compresas de mi bolso para que la gente pensara que tenía la regla. Todo lo hacía por su comodidad, porque solo de esa manera podía perpetuar mi relación con él”.

La familia de Domi estuvo siempre a su lado en todo momento: “es cierto que tanto mi madre como mis hermanos sufrieron mucho con mi caso, en cierto sentido les avergonzaba, pero con el tiempo todos asumieron que yo era así y no había vuelta de hoja”. Manuel, uno de los hermanos de Domi, comenzó a tener problemas en casa con el marido de su madre y solicitó a Domi y José vivir con ellos en el piso que acababan de alquilar en la zona de Gaspar Aguilar: “yo quería ayudar a mi hermano, lo que no sabía era que él y mi chico se acabarían haciendo muy amigos y comenzarían a consumir heroína juntos. Ahí se inician mis problemas”.

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Domi había dejado a un lado la prostitución y el mundo de la noche porque José había sido muy explícito con el tema. Había abandonado las rutinas que no gustaban a su novio, y éste la compensó convenciendo a Manuel para atracar un banco: “se habían enganchado a la heroína, yo no trabajaba y mi hermano tampoco, así que José no tuvo ninguna otra mejor idea que llevarse a mi hermano a robar, ayudándose de la pistola reglamentaria cedida por Levantina Seguridad. Yo me negué a todo, pero la primera vez les salió bien y trajeron a casa dos millones y medio de pesetas”.

Pensó Domi que tendrían suficiente durante un tiempo, así que trató de reducir sus preocupaciones y disfrutar de los beneficios de un golpe perfecto. Sin embargo, José no tardaría en proponer a Manuel otro atraco, con lo que Domi reaccionó de inmediato: “sabía que si lo hacían otra vez les pillarían y yo no quería tener nada que ver. Ese día tuve una discusión grandísima con José y para fastidiarle me hice un pico de heroína. Lo recuerdo bien porque fue el primero. Esa noche tocaba Luz Casal y Miguel Ríos en Valencia. Era el año 82. Tuve un viaje bastante jodido, lo vomité todo, y al día siguiente cogí mis maletas y partí hacia Madrid para probar suerte de nuevo en el mundo del espectáculo”.

Llegada a Madrid, las opciones que tenía eran más numerosas, pero no diferentes. Y eso la decepcionó: “me di cuenta de que si no me prostituía apenas podía vivir de una forma decente, así que empecé poco a poco a consumir drogas para evitar pensar que estaba haciendo algo que en realidad no me gustaba”. Probó el ácido y las pastillas, pero se enganchó a la heroína: “me estaba cansando de esa vida; llegó un momento en que si no iba colocada o borracha perdida no tenía cuerpo ni ánimo para salir a trabajar”. Por aquellos momentos, José y su hermano Manuel fueron detenidos en un tercer atraco y los trasladaron a la cárcel antigua de Valencia. Domi agradeció haber partido a tiempo, pero su situación tampoco era la deseable en la capital. Ella también corría sus riesgos y prefirió vivirlos de nuevo en Valencia. Ya no estaba su novio para impedírselo.

“Un día estaba trabajando por la avenida del Oeste con una compañera y un cliente nos invitó a subir a su coche. Nos dijo que nos necesitaba a las dos y sacó un paquete de billetes para mostrar que podía pagarnos. Nosotras subimos al coche y esperamos sus indicaciones: desnudaros y montároslo vosotras mientras os miro, nos dijo. Y así lo hicimos hasta que él terminó. Después nos sacó del coche y quería irse sin pagarnos, así que mi amiga cogió una cuchilla y le amenazó para que nos diera el dinero. Nos lo dio y se fue directo a comisaría para denunciar que dos transexuales lo habían atracado mientras esperaba tranquilamente en un semáforo en rojo”.

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Diez días después de aquello, el 22 de diciembre de 1985, Domi y su compañera estaban hospedadas en la pensión de la calle Matemático Marzal cuando la policía entró con intención de detenerlas. Salió un juicio rápido y les aplicaron una yeyé, que es la condena que te mantiene entre rejas 4 años, 2 meses y 1 día: “mi abogada me recomendó que negara todo lo ocurrido y no me dio oportunidad de contar la verdad. Al tipo se le consideró una víctima y su mujer e hijos nunca supieron con qué hombre convivían”.

Domi pasó a ser ingresada en la cárcel para hombres de la ciudad y estuvo en las primeras galerías hasta que plantó cara al comisario de prisiones: “las mujeres transexuales adquirían voluntariamente unos roles muy marcados en aras de protegerse, eran las que lavaban la ropa o hacan recados. Yo, sin embargo, fui la primera mujer transexual de Valencia en trabajar en la cárcel junto a hombres, en un taller de montaje de juguetes, y me llegaron a nombrar encargada del equipo. Así que poco a poco fui recibiendo privilegios”. Los hombres la trataban bien: “eran las transexuales las que me amenazaban con navajas no sé si por envidia o cuestiones de territorialidad”.

El paso lento de los días le permitían dudar de si su problema real era la privación de libertad o el papel de mujer que había estado asumiendo fuera de los barrotes. Cada vez encontraba más razones que la invitaban a volver a ser un hombre: “intenté fijarme en mujeres transexuales que me parecieran un modelo a seguir pero no había demasiadas, en todo caso podría mencionar a Carla Antonelli”. Domi tenía claro que solo le merecía la pena seguir siendo mujer si podía conseguir que el mundo la viera, al menos, como a una persona: “ser transexual en esa época suponía vincularse sí o sí al mundo de la noche y yo no quería eso. Lo que yo quería era tener una casa y cuidar de una familia. Ir a trabajar a un lugar honrado y no sentirme diferente dondequiera que fuera”. Pero Domi imaginaba su proyecto de vida como una utopía inalcanzable.

Estuvo en la cárcel 2 años 5 meses y 4 días. Y cuando estaba apunto de salir le comunicaron que había contraído VIH: “entonces valoré seriamente la idea de cambiar de sexo pensando principalmente en mi salud, en que debía dejar la heroína y de exponerme a que me maltrataran”. Tenía 26 años cuando al salir por la puerta de penitenciaría su madre y sus hermanos la estaban esperando: “mi madre nunca faltó a ninguna visita, la recuerdo esperando el turno bajo la lluvia y muerta de frío; siempre se mantuvo a mi lado y me respetó a pesar del dolor que le habían causado mis decisiones. Lo primero que le dije al salir fue que quería volver a ser hombre y ella se fundió conmigo en un largo abrazo”.

“No fui a Proyecto Hombre, me basté de una psicóloga para abandonar las adicciones. Comencé a tomar los primeros medicamentos para el VIH y me provocaron una lipodistrofia en las extremidades. Abandoné el tratamiento y al poco pedí cita para quitarme los senos. Dejé que de nuevo se desarrollara el hombre que hay en mí. Me había concienciado y ahora me tocaba ensayar nuevas formas de hablar y de comportarme. Después comencé a tomar unos retrovirales mejores y durante 25 años trabajé como una hormiguita, aunque siempre en negro, y pude pagar al completo la hipoteca de un piso”.

En el año 2007 su madre fallece y a Domi lo echan del trabajo. Ahora sobrevive de una prestación no contributiva y acude al Centro de día del Comité desde hace un año: “estoy allí desde el desayuno hasta la merienda y convivo con personas que se encuentran en mi misma situación. Allí aprendemos y estamos acompañados; desde luego es mejor que quedarse en casa”.

Domi admite que a día de hoy se alegra de haber estado en prisión porque le permitió recapacitar sobre cosas importantes. Quería ser mujer, sí, pero por delante de todo ello prefirió situar sus ansias de seguridad y de sentirse respetada como persona: “nadie puede decir que opté por el camino fácil: que volver a ser hombre fue algo sencillo. Porque de entre las personas que se atreven a experimentar tal giro en sus vidas, solo una pequeña parte tendría el coraje de volver a pasar de nuevo por algo parecido. Y yo lo hice, dejando a un lado todo lo que había reflexionado sobre mí en el pasado. Porque fue conocerme de verdad y darme cuenta de que importaba muy poco el cuerpo que tuviera. ¿Hombre? ¿Mujer? No me importa. Ahora me reconozco y sé que siempre fui y siempre seré la misma persona. Sin masculinos ni femeninos. Simplemente Domi”. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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