Lo disfrutable

Camila volará este verano a Bolivia después de diez años para que su familia al fin conozca a su hija, que acaba de cumplir cuatro. Van a compartir dos largos meses, que se le tornarán fugaces, porque nada le entusiasma más que abrazar a su madre, que tantas veces le ha pedido que regrese y tanto ha envejecido desde que se marchó: “lástima que allí una familia humilde no pueda costear un tratamiento para el VIH; es es el único motivo por el que continúo en Valencia y no he vuelto a mi país para quedarme”.

Tenía 27 años cuando Camila llegó a Valencia para encontrar una vida nueva. Era el año 2005, acababa de finalizar una relación tormentosa que se prolongó siete años y volver al seno familiar le había supuesto un golpe abrumador. Necesitaba volar, así que acabó veloz sus estudios para técnico dental y preparó sus maletas pensando que en España podría encontrar un buen trabajo. Eligió Valencia porque su hermano vivía ahí desde hacía unos años y porque si algo temía por entonces Camila era sentirse sola.

Una vez instalada en la ciudad, dio fácilmente con un empleo como asistente del hogar. No era la asistencia que había venido buscando ejercer, pero quizás tal rapidez debía de siginificar que había comenzado la aventura con buen pie en occidente: hay que ir poquito a poco. Aceptó lo que venía y se dejó llevar como se dejaron pasar los años.

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En el año 2012 Mario enfermó de manera repentina y en La Fe los doctores dijeron a Camila, que portaba a su bebé en brazos, que menos mal, que si la ambulancia hubiera tardado cinco minutos más seguramente su marido habría muerto. Los primeros indicios parecían advertir que la causa era un cáncer de pulmón en fase aguda. Sin embargo, la verdad de todo el asunto Camila tendría que indagarla por su cuenta: “ni los médicos ni después Mario me informaron sobre su estado, siempre hablaban con él a solas, a pesar de que les había indicado que yo era su pareja”. A Mario le habían diagnosticado VIH. Sin embargo, en primera instancia, prefirió no descubrirlo ante Camila: “tomaba más de veinte pastillas diarias y, cuando le preguntaba, Mario no sabía para qué eran, eso a mí me mosqueaba, así que apunté en un papel el nombre de los veinte medicamentos para buscar sus indicaciones en internet”. Cuando leyó la palabra VIH se quedó muda dos días y no pudo hacer más que llorar.

“Mi primera reacción fue  catastrofista; me dio por pensar que iba a ponerme tan mal como Mario y que no me hacía falta ninguna prueba para saber que iba a morir y a dejar desamparada a mi hija”. Al día siguiente no pudo ir al trabajo porque sentía que la noticia de aquél era también su noticia: “Mario estaba siempre muy tranquilo y eso me extrañaba tanto que, en vez de darme rabia, me dio fuerzas para gestarme un camino más autónomo junto a mi hija”.

Como se repetía que tenía que ser valiente, decidió hacerse las pruebas y para ello pidió cita a su médico de cabecera: “me pareció algo más discreto que hacerlo en el hospital y confiaba en que mi doctor me trataría de una forma más confidente”. Ya nadie se muere de VIH, Camila, -le decía- salgan como salgan las pruebas no debes preocuparte por seguir ejerciendo tu papel de madre.

Unos días más tarde, muy temprano, aún no habían salido los rayos más vivos del sol, Camila recibió una llamada imprevista justo cuando se preparaba para ir a trabajar: “el doctor me aconsejó que me presentara a primera hora en su consulta, así que avisé a mi jefa y me personé en la puerta del centro de salud”. La mañana fue aclarándose con el paso de los minutos y en cuanto el reloj dio las 8,00 su médico la solicitó en su despacho: “me dijo que no era habitual encontrarlo en consulta a esas horas, pero que se trataba de algo importante, así que lo entendí todo sin que hicieran falta más palabras”. Camila se desplomó entre los brazos del doctor. Éste trató de tranquilizarla y, una vez recuperó la templanza que la caracteriza, le recomendó acudir al hospital para realizarle un examen más completo.

Después de saber que definitivamente también tenía VIH Camila fue directa al hospital, como cada día, a cuidar de Mario: “no le dije nada ese día, pero lo cierto es que para sorpresa de todos se fue recuperando poco a poco y, al cabo de dos meses regresó a casa con nosotras”. Entonces, ambos trataron de llevar una vida conjunta en calidad de compañeros de piso: “la cosa se enfrió sola, él se volvió muy irascible y hablar con él sobre el VIH que compartíamos era imposible”. Cuando Camila intentaba encontrar respuestas, a menudo Mario la culpaba. Apuesto a que esta enfermedad la has traído tú de tu país, le decía a ella. Pero Camila era consciente de que sus intentos manipuladores cojeaban por todos los frentes: “ambos tuvimos a mi hija dos años antes en Valencia, y yo entonces no tenía VIH, era imposible que nuestra enfermedad tuviera una procedencia geográfica”. Además, Camila nunca ha mantenido relaciones sexuales fuera de su compromiso: “Mario, sin embargo sé que me ha sido infiel en más de una ocasión”. Él nunca se lo ha confesado, pero a Camila nunca le ha hecho falta. Alguna vez, volviendo de casa de la anciana a la que cuidaba, había visto a Mario reunido en un bar con la misma mujer: “no me costaba averiguar lo que pasaba, sobre todo si esa noche no dormía en casa”.

Camila ha estado una larga temporada sin trabajar, con los ánimos por los suelos y ha sufrido además los efectos de un tratamiento que ha estado provocando graves problemas en su sistema inmunológico: “en el hospital me convencieron de que estaba obsesionada con los efectos negativos del medicamento y así estuve casi dos años: con fiebres, diarreas, pesadillas, dolores y vómitos diarios. Finalmente mi médico cambió el tratamiento y, menos mal, desde entonces no he tenido ningún problema más allá de algún dolor muscular”.

Camila hoy se siente bien, ha vuelto a trabajar y ha superado la idea de que el VIH sea una barrera para crecer: “he notado un gran cambio en mi personalidad desde que me dieron la noticia. Si echo la vista atrás veo a una mujer apagada, condicionada por su marido, tremendamente asustadiza. Sin embargo, mírame, yo ya no soy así, he recobrado toda la vivacidad que había perdido y tengo coraje y disposición para hacer cosas que antes no hubiera imaginado”. Hace tres años que a Camila le gusta pasear sola, tiene ambición por aprender y acude a cursos, va a la bibilioteca y, algunas veces, incluso se permite un cine como un regalo: “el  paso del tiempo me ha hecho fuerte y me ha enseñado a aceptar la realidad tal como es. Eso me permite vivir con la alegría de las cosas que aún esperan”. Camila ha tenido la suerte de descubrir que encontrarse bien consigo misma la ha convertido en una mujer que nunca está sola, esté donde esté. Que se consiente y se permite disfrutar. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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