Memorias de un largo viaje

La relación con su padre nunca había sido demasiado estrecha, pero en 1990 Juan se empecinó en acompañarlo a Valencia con el pretexto de ayudarle a gestionar una herencia familiar. Por entonces tenía 30 años, estaba sumido en una profunda depresión y lo que realmente deseaba era encontrar una oportunidad para comenzar una vida nueva lejos de Brasil, alejado de situaciones amenazantes. Juan desconocía que su mayor enemigo estaba dentro de sí mismo y lo acompañaría donde quiera que fuera.

Tristeza ñao tem fim, 
felicidade sim.
La tristeza no tiene fin, la felicidad, sí.

(Vinicius de Moraes)

Con la falsa creencia de que lo latente termina por dejar de existir, Juan se instaló en su apartamento recién heredado y no le resultó difícil encontrar trabajo como camarero en un bar del Cabanyal. La emoción por su vida nueva lo mantenía enérgico y, a pesar de su carácter reservado, se había propuesto que ninguna excusa infundada iba a desmoralizarle en su voluntad de socializarse: “siempre había pensado que el hecho de ser homosexual era una traba para entablar amistades, pero pronto me di cuenta de que Valencia era una ciudad abierta y en ella había todo un submundo por descubrir”. Como desconocía las maneras de proceder y solo hablaba portugués, Juan permaneció semanas sin atreverse a mediar palabra con nadie por miedo a ser señalado. Pero, como suele pasar cuando uno no lo piensa demasiado: “una tarde, paseando por el barrio del Carmen, se me ocurrió seguir a un chico que me pareció que tenía bastante pluma. Supuse que se dirigiría a algún sitio donde yo pudiera hacer amigos”. Ahí conoció Estudio 54. Y aunque ese día no interactuó con ninguna persona, no descartó pasarse por allí las noches siguientes: “sin proponérmelo y casi sin reconocerme pronto me vi envuelto en toda la movida gay de la ciudad: conocía gente en todos los lugares, recorría las rutas de pubs y hasta llegué a trabajar como portero en alguna discoteca”. Pero en las calles, en los locales, en el trabajo, Juan podía estar en muchas partes y a la vez no estar en ninguna. En su cabeza una voz amenazante le susurraba permanentemente que no estaba bien actuar como si nada hubiera ocurrido.

El origen de los miedos: Tristeza

La vida de Juan en Brasil había sido muy diferente. Él nunca había dudado sobre su sexualidad, pero sin embargo la había mantenido oculta ante su círculo más cercano: “mi hermano solía presentarme a chicas con la esperanza de que me fijara en ellas, pero como no quería percatarse de mi desinterés, me vi obligado a decírselo claramente”. Fue la primera y única persona a la que se atrevió a contarle su secreto: “pero su reacción fue que pidiera cita en un psicólogo para que me lo arreglara, así que llegué a la conclusión de que para evitar malos ratos debía mantener mi sexualidad en la más estricta intimidad”.

Creyéndose rechazado por conocedores y desconocedores de su circunstancia, Juan conoció a los 20 años a su primer novio en un cine: “Félix era 12 años mayor que yo y eso me transmitía mucha seguridad, pues a su lado llegué a sentir que ser gay era algo maravilloso”. Pero siete años después Félix sufrió una neumonía y le diagnosticaron VIH. Desde entonces todo cambió para ellos: “él dejó de cuidarse y comenzó a salir todas las noches, como intentando aprovechar el tiempo mientras pudiera. Yo no podía seguir su ritmo porque pensar en su empeoramiento me mantenía con la idea de que yo también podía tener VIH dado que mis relaciones con él habían sido desprotegidas”. El miedo se apoderó de Juan y se vio incapaz de afrontar la situación: “me acobardé y me alejé: lo acompañé en su proceso vía telefónica”. Después de varias idas y venidas, entre salidas del after y entradas al hospital, Felix murió en 1988. Entonces, Juan temió tanto hacerse las pruebas que atrasó el proceso cuanto pudo, con la esperanza de que si no lo pensaba, quizás nunca tendría que enfrentarse al problema.

Dejó pasar los meses, Juan, como si estuviera vacío por dentro, pensando ya solo en algunos de sus momentos menos lúcidos que el tiempo podría apiadarse de él. Entonces, ya en Valencia, una noche conoció a Toni en Alex, que ahora es Mogambo: “esa misma noche tuvimos sexo y nos gustamos, así que planeamos quedar más veces”. Fueron unas semanas fantásticas para ambos, sobre todo porque Juan hallaba con ello una excusa para distraerse de su problema, pero de repente Toni enfermó y fue ingresado en el hospital por una pulmonía. El médico le diagnosticó VIH y murió al muy poco tiempo: “todo pasó tan rápido que, cuando fui consciente, exploté de auténtico terror. Los colegas de la noche, de manera más o menos discreta, comenzaron a preguntarme si yo también tenía VIH”. Pero Juan, inmerso en angustia, también desconocía esa respuesta.

“La pesadilla me perseguía, era más que probable que yo también tuviera VIH y debía protegerme antes de que fuera demasiado tarde. Porque si miedo me daba conocer la verdad, terror me causaba la idea de poder morir”. Entonces, Juan decidió hacerse las pruebas.

La conciencia de los miedos: Saudade

Cuando le dijeron a Juan que tenía VIH en 1993 cayó en una profunda depresión. Juan pensaba que la muerte le perseguía y dejó de vivir su vida para basarla en las imágenes que proyectaba sobre sí mismo de su propio entierro y su trayectoria en este mundo. En un momento en que creyó que explotaba se armó de valor para llamar a Brasil y contar todo lo sucedido a sus hermanas: “en cuanto las avisé de que algo grave me ocurría compraron unos billetes y vinieron a Valencia a ofrecerme su apoyo”. Había nacido en Juan un profundo sentimiento de melancolía: “mi familia trató de tranquilizarme y me sentí amparado, tanto que cuando regresó a Brasil me planteé muy seriamente volverme con ellos para seguir sintiéndome protegido”. Pero ésa era la solución fácil, así que decidió permanecer en Valencia para comprender su enfermedad por sí mismo y tratar de adaptarse a ella.

En Valencia tenía amigos para salir y para mantener sexo esporádico, pero a la hora de la verdad Juan sentía que no podía contar con nadie: “no estaba dispuesto a darles explicaciones para que comenzaran a tratarme de manera diferente. No se trata de una actitud discriminatoria, pero sí es indicativa: te apunta”. Juan siempre ha tenido dificultad para entablar relaciones amistosas de calidad, sus pensamientos siempre le alertan de que no debe fiarse de las personas que conoce: “yo quería gestionar mi problema en solitario empezando por mantenerme ocupado con un trabajo”. Entonces comenzó a acudir a centros de empleo para personas con discapacidad donde le terminaron dirigiendo al Centro de empleo del Comité AntiSida. Allí Juan trabaja desde hace 7 años como ayudante de cocina. ¿Podría su enfermedad permitirle llevar una vida con la que se sintiera cómodo?

El desafío de los miedos: Felicidade

Juan conoció a su pareja actual en La Guerra. Era el año 2003. La Guerra era un local situado en calle Quart (actualmente el Víbora rock bar) donde se acudía en busca de encuentros sexuales. En la planta baja había una barra de bar, en la primera, una sala de cine porno y más arriba, los cuartos oscuros: “allí todos sabíamos a lo que íbamos: a alguno le gustaba mirar, a otros solo tocar, pero el quid de la cuestión era ir en busca del placer sin contemplaciones. Una noche me gustó un chico y mantuve una relación sexual protegida con él. Comenzamos a quedar para ir al cine, para cenar y en la tercera cita le comenté que tenía VIH y había sufrido la muerte de dos parejas”.

Al principio, cuenta Juan, a Jose le resultó muy difícil aceptar la situación, pero trató de ser comprensivo y poco después pidió a Juan iniciar una vida juntos en un mismo hogar: “desde entonces normalizamos nuestra relación y dejamos poco a poco de ir a discotecas: antes salíamos en grupo o en solitario tratando de encontrar a alguien, ahora ya no lo veíamos necesario”.

Juan lleva una vida tranquila en el trabajo y en casa. Durante los 20 años que padece VIH ha sufrido un par de infecciones y un herpes zóster en la espalda. Su cuerpo fue acostumbrándose a los retrovirales y desde hace dos años toma 14 pastillas al día para seguir manteniendo una carga viral neutra. Juan, aunque admite que debería hacer más deporte, se siente satisfecho de haber reducido en cierta medida su carácter obsesivo: “los años me han hecho vivir algo más relajado, pero lo cierto es que cuando pienso que tengo una enfermedad crónica, y que nunca voy a poder deshacerme de ella, no puedo evitar sobrecogerme a sabiendas de que podría morir mañana por alguna otra cuestión”. A veces, Juan todavía se irrita, se molesta e incluso siente odio momentáneo cuando vive una situación en la que se cree señalado con el dedo: “pero a pesar de que tengo recaídas emocionales, lo cierto es que me siento fuerte porque me doy cuenta de cada vez voy afrontando mejor lo que no me gusta y me reconforta saber que si me quiero, y me cuido, aún tengo mucho tiempo para seguir aprendiendo de mí mismo”♦ Pilar Devesa – Valencia

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