Mencionar el VIH

Cuando acudió a consulta para saber por qué se sentía tan falto de energía, el médico le invitó a iniciar un tratamiento con psicofármacos y trató de convencerle de que padecía los síntomas habituales de una depresión común. Luis había dado positivo en VIH, pero el doctor pasó por alto comunicárselo: “siempre he querido pensar que se trató de una equivocación sin intencionalidad. Sin embargo, ese olvido del doctor no fue baladí, pues de haber conocido ese dato quizás mi novio no tendría también VIH”.

1. CONOCER

Luis tiene 45 años, ha dedicado toda su vida al mundo del diseño en sus diferentes disciplinas y ha viajado por medio mundo buscando inspiración y nuevas técnicas para elaborar sus creaciones. Es de los que piensan que en lo diferente se halla lo esencial, aquello especial que falta, así que de entre todas sus aficiones nada le ha parecido nunca tan reconfortante como dejarse empapar por otras formas de hacer. Ahí encuentra la clave para enriquecer su vida y sus proyectos.

Su última aventura había sido Sudamérica, la cual había recorrido casi en su totalidad hasta que se lo permitieron sus ahorros a principios de 2014. Fue entonces cuando regresó a Valencia y comenzó a sentirse mal físicamente. He exprimido hasta mis últimas energías en el continente americano, pensaba, y se sentía tan satisfecho por la experiencia que un resfriado y un par de calenturas no iban a menguar su apetito estimulante. Estaba viviendo una etapa francamente motivadora y en pocas semanas le esperaba un importante congreso en Barcelona sobre innovación artística y creativa. Se dedicaba a lo que le gustaba, así que con agrado volvió a preparar maletas.

Nunca perdía oportunidad para aprender a mejorar sus técnicas, valoraba mucho compartir experiencias con colegas de la profesión, y ni por un momento pensó que esta vez su viaje culminaría antes de lo esperado. El segundo día del gran evento, Luis sufrió una bajada de tensión y se desmayó en plena calle. En seguida fue atendido por los servicios de urgencia y, notándose verdaderamente sensible, decidió volver a Valencia y, al poco, se animó a acudir al Hospital Peset para realizarse unas pruebas que explicaran su desánimo.

Algunas semanas más tarde, Luis se acercó a la consulta y recibió el veredicto médico: “¿Hay algo que a usted le preocupe? Porque me temo que padece depresión, por eso no tiene fuerzas, le cuesta levantarse por las mañanas y se encuentra tan debilitado. Estas pastillas le darán lo que necesita”. No probó ni una de ellas, es más, nunca llegó a comprarlas en la farmacia. Sabía que ese diagnóstico estaba cogido con pinzas, pues se encontraba en uno de los momentos más fructíferos de su vida. Su negocio iba en marcha, se rodeaba continuamente de personas inspiradoras y, para más inri, acababa de iniciar una relación con un chico que lo tenía encandilado: “estaba involucrado en grandes proyectos así que no pensé ni en un instante apagarme con la medicación”.

2. COMPARTIR

Aunque no hacía mucho que salían, Luis y Sergio se permitían disfrutar de la ilusión de los primeros momentos. Se habían comprometido a apoyarse el uno al otro y la complicidad que entre ambos estaba surgiendo era solo una muestra más de que Luis no estaba pasando por un mal momento. Sin embargo, la situación no tardaría en cambiar: “de repente, en cuestión de unos dos meses, el que empezó a enfermar de una manera muy agresiva fue mi novio, al que tuvimos que ingresar casi de forma inmediata”. Fue la primera vez que Luis se cruzó con sus suegros. En el hospital. No era un momento deseable, pero la urgencia motivó el encuentro.

Después de realizarle varias pruebas, Sergio fue diagnosticado con VIH para sorpresa de todos sus allegados: “el padre de Sergio era policía nacional y a mí me pareció que sus ideas conservadoras le empujaban a culparme, así que por su propio deseo, nunca más mantuve contacto con él”. Después de conocer el diagnóstico de su novio, Luis se dirigió rápidamente a su médico privado para hacerse las pruebas específicas de carga viral. En efecto, también tenía VIH. Y haciendo fechas, recordando recaídas, de repente lo vio claro: “yo había contraído VIH antes que Sergio, por tanto, todo debía de estar asociado”.

Quiso Luis informar a su médico del Peset sobre lo ocurrido: él no estaba deprimido, él tenía afectado su sistema inmunológico por una razón que habían pasado por alto. Entonces, se personó en la consulta y un médico sustituto accedió a revisar su historial sanitario. Según los informes hace unos meses que usted padece VIH, le dice el doctor, como queriendo denotar que el trabajo bien hecho ya ha sido realizado en el público. Pero ¿cómo? ¿Cómo pueden saber que tengo VIH si yo me acabo de enterar?

Luis ha pasado estos últimos meses pensando qué pudo ocurrir. ¿Se habría despistado el doctor? ¿Por qué interpretó los síntomas sin leer los resultados de las pruebas? ¿Los leería y lo ocultaría por alguna razón que desconozco? Siempre ha querido, aun así, aferrarse a las preguntas más positivas. O mejor, a las respuestas bienintencionadas: “nunca he sido una persona negativa, pero a veces me pregunto qué habría pasado si aquel doctor me hubiera informado correctamente sobre mi situación. Quizás no hubiera puesto en peligro a mi novio, cosa de la que nunca fui consciente. Y no habría tenido que cargar con esta culpa”.

3. CRECER

Apuntado indirectamente por la familia de Sergio, Luis vivió el duelo de su novio y olvidó el suyo propio: “me sentía tan responsable que me ubiqué en un segundo plano porque consideraba que su caso era verdaderamente injusto”. Sin embargo, Luis no recuerda haber mantenido nunca una relación íntima sin protección: “todo lo ocurrido fue una sorpresa para ambos, nos pilló desprevenidos, como suele pasar con este tipo de cosas. En cierto sentido, todo esto nos puso a prueba”. ¿Cuánto estaban dispuestos a ofrecer al otro?

Desde que le diagnosticaran VIH en verano del pasado año, solo ha hablado del tema con una hermana: “tengo ocho hermanos más, pero todos ellos andan muy preocupados por lo que se dice o no se dice, así que yo prefiero no dar qué hablar”. La madre de Luis tiene 83 años. Él prefiere hacer agradable sus días y mencionarle solo aquello que le hace bien. El problema lo siente únicamente entre dos: “no me cuestiono dar explicaciones a nadie, esto nos sucedió a los dos, nos pasó juntos y así lo vivimos. Si algo hemos aprendido desde el año pasado es que han dejado de importar aquellas minucias que antes nos hacían infelices. Ahora ha cambiado nuestra escala de valores y nos sentirnos conscientes y enteros para continuar aquello que abandonamos en los momentos más difíciles. Para seguir aprendiendo a valorar. Valorar quién está ahí. Valorar la importancia de lo que se conoce, de lo que se comparte y de lo que te hace crecer. Valorar y valorarte. Por lo que se dice. Y por lo que no se menciona”. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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