Otro junio para Máryuri

Cuando se iniciaron las primeras investigaciones se llamó “club 4H” a lo que se pensó que era el conjunto de colectivos de riesgo más expuestos para adquirir VIH. Este término discriminatorio englobaba a homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y haitianos. Los afectados no pertenecientes a esta catalogación se convertían en una excepción de quien compadecerse. Mala suerte por sexo no protegido. Como sucedió a muchas mujeres en los años 80 y como ha pasado con Máryuri, una mujer de 42 años diagnosticada con VIH hace ocho meses. Ella siempre ha sido una chica sana, le gusta cuidarse, nunca ha probado las drogas y ha tenido sexo con tres personas en toda su vida: “jamás hice nada en mi vida diferente a lo que hace cualquier mujer cuando tiene sexo con su pareja”.

El junio que vino

Una mañana de esas que ya calienta el sol desde primera hora a pesar de haberse mecido la noche entre vaivenes de lluvia ligera, a principios del verano de 2014, Máryuri recobró el conocimiento, como cada día, junto a su marido en el lecho que comparten, soporte de sus sueños. Creyó abrir sus ojos desde la cama, invitada por los destellos de luz que se cuelan por las persianas, cuando sintió de inmediato que algo no funcionaba con la normalidad habitual. Era extraño. Su cuerpo se petrificó por la impresión. Permaneció inmóvil durante varios segundos estupefacta, confundida, y en un instante dudó de si sus ojos estaban verdaderamente abiertos: “había dejado de sentir el lado izquierdo de mi cara, después los cosquilleos pasaron al brazo de ese eje y ahora, como ves, –me dice señalándose la pierna- para caminar diez metros necesito invertir grandes dosis de esfuerzo y tiempo”.

Ese mismo mes los médicos comunicaron a Máryuri que había adquirido VIH y que las reacciones físicas que se habían producido tardarían aún unos meses en desaparecer. Su parálisis había sido orgánica, pero era también simbólica: “yo no podía creerlo, de verdad, el único riesgo al que creía que me exponía practicando sexo a pelo con mis parejas era quedarme embarazada. No podía estar pasándome a mí”. Ya había sido su vida bastante agitada como para volver a empezar de cero. Junio le había cambiado la vida. Ahora solo quería adelantarse a los días para darle, cuanto antes, la vuelta a la hoja del calendario.

* * *

Máryuri es una mujer hondureña que nació en 1973 en Danlí, un pequeño municipio al sur de El Paraíso: “me crié con mis abuelos maternos porque mi madre era una mujer separada y se juntó con un hombre que había dado mucho que hablar en el pueblo”. De él se sabía que había estado casado con una mujer y había dejado embarazada a la hija de ésta: “entonces, mi abuela trató siempre de mantenerme alejada”. Como todo eran habladurías, Máryuri nunca dio una importancia especial a ese chisme, ella solo era una niña, pero cuando su abuela falleció notó que algo había cambiado: “a los 14 años quedé al cuidado de mi abuelo y fui dándome cuenta de que el novio de mi madre venía a visitarnos más que antes”. Cada vez que el abuelo se despistaba, cuenta Máryuri, el novio de su madre la buscaba para intimidarla: “a él le gustaba acercarse mucho a mí y yo en esos momentos no podía más que permanecer inmóvil. A veces me cogía de la cintura y me acariciaba el cuerpo hasta que yo le pedía que, por favor, parase. Entonces, me insultaba porque no le dejaba hacer lo que quería”. La hostigaba, pero no le pedía que guardara en secreto sus encuentros: “ese hombre estaba muy convencido de que mi madre no se enteraría nunca y eso me aterraba”.

El acoso que sufrió por parte de su padrastro fue especialmente traumático para ella, que no supo a quién recurrir en esos momentos difíciles: “fui incapaz de decirle nada a mi madre porque lo que más temía era su rechazo. En el mejor de los casos –en caso de que la creyera- ella rompería con su novio y se quedaría sola, así que a mí me reconcomía la culpa y el cargo de conciencia”. Muchas cosas parecían depender de Máryuri: la felicidad de su madre, su propia protección y el cuidado de su hermano y sus cinco primos pequeños que vivían en el hogar junto al anciano abuelo. Pero ella era una mujer joven que tenía mucho por descubrir. Terminó su educación básica y continuó haciéndose cargo de los pequeños hasta que pudieron cuidarse por sí mismos.

Acababa de cumplir 22 años cuando se trasladó a la capital industrial hondureña, San Pedro Sula, a trabajar en las maquilas. Quería independizarse y tenía amigas allí que le ofrecieron el alquiler de una habitación. Se sentía bien, por primera vez todo el peso familiar no recaía sobre ella: “me dio lástima dejar a mi abuelo tan viejo con todos los chicos, pero debía aprovechar mi momento”.

Pasarían dos años como flechas, permitiéndose Máryuri disfrutar de sus intereses solo en las insuficientes horas del día no laborables, cuando conoció a Luis, un chico rubio y de ojos almendrados con el que había coincidido en las prácticas de un curso de informática: “nuestra historia pasó muy rápido, al menos para él, porque nos conocimos, nos enamoramos, discutimos una tarde y no volvimos a tener contacto”. Lo que Luis no sabía era que Máryuri estaba embarazada cuando se produjo aquel encontronazo: “él era un buen chico, a mí me gustaba mucho, pero poco después de romper supe que ya había encontrado otra novia, así que no quise estropear su nueva relación”. Era la segunda vez que Máryuri ocultaba un suceso importante de su vida por evitar molestar o hacer daño a los demás.

Pasados unos años se personó en casa de Luis para presentarle a su hijo: “lo hice porque el niño había empezado a hablar y me preguntaba si tenía padre”. Desde entonces, Luis motivó regularmente el contacto y, un par de años más tarde, Máryuri le propuso una segunda oportunidad: “no forzamos nada, nos encontrábamos bien juntos, en familia. No tardé en volver a quedarme embarazada”. Pero cuando Máryuri dio a luz por segunda vez, Luis perdió de nuevo el interés por ella y partió del hogar que compartían: “me vi sola al cuidado de un recién nacido y un niño de 6 años; sabía que debía trabajar día y noche en las maquilas para poder darles una vida digna así que, puesta a no ver a mis hijos, decidí venirme a España”.

Era el año 2007 y ya estaba todo decidido. Máryuri dejó a sus hijos al cuidado de su madre y se embarcó rumbo a Málaga donde residía una buena amiga: “ella vivía en un pueblo y ambas pensamos que allí me iba a resultar muy difícil encontrar trabajo, así que a las dos semanas me fui para Valencia donde tenía otra compañera de las maquilerías”. Pudo encontrar fácilmente un trabajo como asistente interna de una mujer mayor: “aproveché que no tenía ningún gasto para mandarlo todo a mis hijos”. Y aunque había llegado con muchas ganas de hacer nuevos amigos, Máryuri trabajó de lunes a domingo durante aproximadamente cuatro años: “me sentía muy agradecida porque me habían facilitado el permiso de trabajo, un lugar donde dormir y tres platos de comida diarios, pero llegó un momento en que sentí que necesitaba cambiar de aires. Necesitaba libertad”.

Entonces era el año 2011, Máryuri quedó en paro y pensó en disfrutar unos meses de un merecido descanso: “nos unimos cinco amigas y alquilamos un piso juntas. Fue una etapa maravillosa donde conocí la ciudad y desarrollé mis relaciones sociales”. Durante esta época, mientras continuaba buscando trabajo, Máryuri inició una relación con un chico de Valencia, pero dejaron de verse a los pocos meses. A partir de 2012 encontró otra persona mayor que requería servicios de atención personalizada: “acepté el trabajo con el requisito de dormir en casa y descansar los domigos”.

Aparte de trabajo, en el año 2012 también había encontrado Máryuri al chico que la iba a hacer cambiar su visión sobre los hombres: “conocí a Jorge en la celebración de cumpleaños de mi compañera de piso. Su novio trajo un amigo y yo me prendé de él porque se le veía en la cara que era buena persona. Empezó a venir por casa y finalmente nos fuimos a vivir juntos”. Todo le duraría hasta 2014. Su trabajo y su noviazgo.

“Tras el fatídico junio, Jorge respondió a la situación pidiéndome matrimonio. Primero él se hizo las pruebas y me quedé tranquila al saber que estaba limpio. Accedí a su propuesta y nos casamos un par de meses después. Gracias a su apoyo he sacado fuerzas para programar lo que quiero que suceda con mi vida en el futuro. Él está en mis planes y él mismo los inspira”.

El junio que viene

En abril de 2016 Máryuri viajará a Honduras para ver a sus hijos, de 15 y 9 años. Ya lo ha organizado todo, el médico le ha dicho que para esa fecha su pierna funcionará como antes y, además, tiene la intención de convencer a sus pequeños, no tan pequeños, para venirse a España con ella. Está deseosa de volver a conocerlos. También ansía Máryuri volver a ver a su madre y sincerarse con ella después de casi 30 años: “ella terminó dejando a aquel hombre porque la maltrataba, así que una de las cosas que más deseo es llegar hasta allí para aclarar este tema que nunca pude olvidar”. El plan es quedarse un tiempo, el suficiente para arreglar sus conflictos y traumas del pasado, y el necesario para permitir a su hijos despedirse de sus más allegados amigos. Para junio está acordado que regresen a Valencia y conozcan al hombre que hace feliz a su madre. Para junio Máryuri tiene previsto comenzar una vida nueva: “sé que lo merezco y que saldrá bien, porque el pasado junio para mí supuso un trance, así que prefiero acogerme a que el junio que nos espera nos brindará la mayor de las oportunidades”. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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