Refugios

Podría debatir con académicos y entendidos sobre la concepción de cultura popular de Žižek o la teoría política de Sartori y nadie dudaría de sus capacidades para convertir al oponente por medio de la palabra. Sin embargo, de pequeño, Carlos padecía una dislexia muy acusada y pocos en la escuela apostaban por el normal desarrollo de sus competencias lingüísticas y cognitivas: “los profesores decidieron que debía repetir los cursos de parvulitos y ese fue el inicio de lo que yo denomino mi crecimiento introspectivo”.

A Carlos nada le parece más catártico y evasivo que recrearse en el mundo de las ideas desenmascarando de su entorno real lo simbólico y lo imaginario. Carlos es una persona observadora, retraída y muy crítica con aquellas situaciones que considera injustas por cuestión de clase social. Es consciente de los cambios que se han venido produciendo en su estatus, y precisamente por eso no ha cesado nunca de satisfacer sus motivaciones intelectuales regalándose las más interesantes lecturas. Él sabe muy bien que los roles evolucionan y no se perpetúan en el tiempo: “aquí donde me ves, yo nací en Alcoy bajo el seno de una familia pudiente, con 5 hermanos, padre banquero y madre 100% dispuesta a nuestro cuidado”. Tenían lo mejor para ofrecerle, pero Carlos se sentía desplazado en clase y diferente entre los demás. Solo él podía y sabía comprenderse.

El paso de los años auguraba más dificultades en su camino, pues la diferencia de edad entre sus compañeros de clase y él cada vez era mayor, a pesar de que a Carlos nada le interesaba más que aprender y empaparse de todo lo que pudieran parecerle conocimientos nuevos. Consiguió finalizar satisfactoriamente un grado medio en Administración de empresas y, orgulloso, allá por el 88, se se desplazó hasta Valencia para probar suerte con los estudios superiores: “aunque me costó mucho esfuerzo completar mi ciclo, lo conseguí porque era perseverante y porque no tenía muchos amigos que pudieran entretenerme con eventos y otros planes, así que cuando llegué a Valencia trabajé, además, por crearme un círculo social que me permitiera también satisfacer las necesidades sexuales que iban aflorando en mí”.

Carlos conoció a un grupo de chicos gracias a un compañero de clase. Le parecían muy agradables, hablaban durante horas de temas diversos y, después de unas copas, a menudo terminaban en el antiguo cauce del Turia y culminaban su encuentro con una relación sexual: “yo había tenido algún roce con un par de mujeres los años anteriores, pero una vez en Valencia me animé a probar con chicos y resultó de lo más gratificante”. Pero Carlos nunca protegió esas relaciones: “no se me ocurrió pensar que podía ocurrir nada malo, eran los 90, yo no tenía problemas de drogas, estaba a salvo de lo que parecía ser el problema imperante de la juventud del momento”.

Trabajó durante tres años y durante otros tres trabajó en Alicante, pues no se contentaba con una vida anquilosada y marcada por la rutina. Pero entonces, su padre enferma gravemente y Carlos decide que es el momento de devolver a su familia todos los cuidados que había requerido él de pequeño: “era el menor de mis hermanos y tenía un sentimiento perpetuo de responsabilidad para con ellos”. En 2005 su padre fallece y entonces no se lo piensa: “algo en mí me decía que debía compensar a mi madre por lo que había perdido y dejé mi trabajo; en cierta medida mi rol dentro de la familia estaba cambiando y poco a poco pasé a sentirme compañero de mi madre y no su hijo”. Este resultó el período de mayor aislamiento para Carlos: “me adapté a la vida de mi madre y estuve durante seis años sin apenas mantener contacto con nadie más. A veces, si me sentía ansioso, viajaba en tren a Valencia, me dirigía al río a hacer cruising y la misma tarde regresaba a Alcoy”. Carlos no sabía, pero a la vez se imaginaba, que esa dinámica podría acarrear consecuencias de importante calado.

En 2011 su madre fallece y él queda solo tras largos años sin entrenar sus habilidades personales y sociales. Se mantiene de los ahorros de sus anteriores trabajos, pero comprende que esa situación no es perdurable. Es entonces cuando su salud comienza a dar signos de debilitamiento: “entonces me apareció una úlcera en la boca y me realizaron infinidad de pruebas”. Carlos tenía VIH y cada vez menos ahorros en su cuenta bancaria. La situación se agravaba por momentos y  decidió contar el problema a sus hermanos: “me apoyaron todos, sobre todo mi sobrina, que dio con el Comité Antisida y me lo ofreció como una posible oportunidad de cambio para mi vida”.

En mayo de 2014 Carlos se presentó, motu proprio, en la puerta del Centro de Día del Comité cargado con un carro de la compra donde descansaban todas sus pertenencias: “estaba desesperado, necesitaba conocer a personas en mi situación y que los profesionales me ayudaran a ser más autónomo”. Ahora reside en el Piso Tutelado “El Faro I” de manera temporal, con la esperanza de que el Comité simbolice su apertura, de nuevo, al mundo real. Mientras tanto, Carlos acude a talleres de ocupabilidad, se relaciona con personas de su edad y se estimula con sus lecturas obligadas. Este mes ha elegido Zero Zero Zero de Roberto Saviano. “Lo mejor de leer ensayo es que los niveles de creación de significado actúan como en la vida misma, esa que es real pero se balancea, como siempre he hecho yo, entre lo simbólico y lo imaginario”.  ♦ Pilar Devesa – Valencia

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