Silvia al desnudo

Fue una de las primeras mujeres con VIH en Valencia. Difundió su testimonio por los barrios más perjudicados de la provincia y se convirtió en la evidencia más palpable de que el sida no era, como se creía, un localizado “síndrome gay”. Silvia Muñoz es todo un ejemplo de valentía y autosuficiencia. Llevó a cabo un proceso de adopción en solitario y motivó a otras mujeres afectadas por el virus a no reprimir su deseo de ser madres. Actualmente es la presidenta de AVACOS-H y su trayectoria recrea la fuerza magnánima de una mujer verdaderamente empoderada.

“Las personas vivas más fuertes son las que han sido más amadas y que más han amado de forma verdadera y respetuosa, que es lo que activa el sistema libidinal humano y desarrolla nuestras cualidades. Como decía mi madre, “el amor es ante todo fuerza”
Casilda Rodrigáñez, La sexualidad y el funcionamiento de la dominación, 2008

Una falsa alarma

En 1982 le diagnosticaron una enfermedad de transmisión sexual. Tenía 16 años. No parecía algo grave, pero el paso de los meses comenzaba a advertir que su enfermedad venérea había llegado para quedarse. Su sistema inmunológico no responde con normalidad a los antibióticos habituales, no tardaron en sospechar los doctores. Lo más adecuado parecía ingresarla para proceder a un seguimiento controlado: “en el hospital no sabían qué hacer conmigo, por entonces no había ninguna prueba de sida, se contaban con los dedos de una mano los afectados en la ciudad y, además, todos eran hombres”.

Esa misma semana alguien filtró a la prensa que en el Hospital Clínico estaba ingresada la primera mujer con sida de Valencia. Silvia pensó de inmediato que la información de La hoja del lunes se estaba refiriendo a ella: “me sentí dolida porque la noticia daba voz a unos médicos que desmentían ese caso de sida por temor a crear alarma social”. ¿Sería Silvia esa mujer de la que hablaban los medios? ¿Cómo debía afrontar su situación? Todo le venía demasiado grande. Ella solo era una adolescente que acababa de entrar en el instituto y había comenzado a salir con chicos con el más absoluto desconocimiento de cualquier medida de protección sexual: “me junté con unas chicas muy adelantadas y comenzamos a fumar porretes y a probar otras drogas como el ácido o la mescalina. Tuve sexo por primera vez con un chico de 28 años que era adicto a la heroína y pertenecía a La banda de Barona, especializada en atracos. Él se murió en seguida y también la mayoría de sus amigos. Y yo a los pocos días recibí el alta del hospital y regresé a casa con mi recorte de prensa esperando que algún día pudieran darme un diagnóstico fiable”.

La noticia contrastada

Silvia intentó olvidarse del tema por un tiempo. Sabía que lo que todos llamaban sida estaba enterrando por neumonías a cada vez más personas, pero por suerte en su caso ella podía llevar una vida de lo más normal. Se sentía joven, llena de oportunidades y al año siguiente se matriculó en la universidad para estudiar Turismo: “durante esa época conocí a un chico, fuimos novios varios años y nos terminamos casando. Tras la boda me apareció un herpes zóster muy heavy y fui de inmediato a hacerme las pruebas”. Tenía 22 años. Era el año 1988, la prueba había llegado a España cuatro años antes y Silvia estaba preparada para recibir cualquier valoración.

Tras la confirmación del médico Silvia pensó en actuar rápido para poder llevar cuanto antes una vida normalizada. En 1989 fue la primera vez que visitó el Comité AntiSida como usuaria: “allí una psicóloga me acompañó en todo el proceso. Cuando fui consciente de todo lo que significaba tener VIH pasé por todas las fases posibles, pero al final terminé aceptando que nunca hice nada que no quisiera, al contrario, lo pasé bastante bien, así que me parecía poco razonable arrepentirme de mi pasado. Ésa no era la salida”. Silvia recibió el apoyo de su marido y nunca cambiaron sus rutinas sexuales porque desde los inicios de su relación ya habían estado concienciados sobre la importancia de usar el preservativo.

“Vivíamos en El Grau. Nuestros primeros años de casados fueron muy divertidos. Teníamos un ático estupendo y, en definitiva, una vida cómoda. Yo trabajaba en una agencia de viajes y no estaba mal. Pero cuando nos planteábamos el tema de tener un hijo yo siempre era muy reacia. Se me quedó grabado en la mente aquello que los médicos me dijeron sobre la maternidad: era mejor no tener hijos para evitar que pudieran contraer el virus en un futuro”. Silvia demandó orientación a la trabajadora social del Comité y ésta le propuso la posibilidad de adoptar: “al consultarlo con mi marido le pareció una buena idea y decidimos intentarlo. No estaba segura de tenerlas todas conmigo, pero en 1995 tuvimos la suerte de ganar un segundo premio de lotería y eso nos facilitó poder recibir en casa de manera provisional a una niña preciosa de un añito”.

Mujer no esposada

El marido de Silvia no tardó en comenzar a consumir cocaína. Podía permitírselo económicamente así que, a pesar de acabar de estrenarse como padres con la mayor de las ilusiones, los años que vinieron fueron una auténtica pesadilla para Silvia: “se había convertido en un hombre muy dependiente. Quiso dejar la coca y se vició a la heroína. Quiso dejar la heroína y se vició a las pastillas. Y cuando me di cuenta estaba viviendo con un loco”. Lo acompañó durante dos años al psiquiatra. Ella quería que volviera a ser el de antes. Llevaban diez años casados, pero el amor se estaba esfumando: “había muchas discusiones y él me chantajeaba diciéndome que si me iba de casa me quitarían a la niña porque tengo VIH”. A Silvia le aterraba pensar que pudieran separarle de su hija, por eso cogió el toro por los cuernos, preparó la maleta y a la niña, y se marchó de casa: “sufrimos persecuciones y prosiguió una etapa bastante angustiosa para mí”. Rondaba el año 1998, estuvo de baja por depresión y se le terminó concediendo la invalidez permanente por VIH.

Durante los años anteriores había empezado a acudir al Comité como voluntaria para ayudar en cualquier tarea que necesitaran”. Poco a poco Silvia se fue involucrando más y más en la asociación y pasó a ser miembro de la Junta: “al principio fui vocal, después secretaria y más tarde vicepresidenta del Comité”. Fueron unos años muy intensos de trabajo donde se programarían infinidad de charlas en las zonas más sensibles, como Burjassot 613, La Coma o Picassent. Las charlas estaban estructuradas en dos bloques: “primero hablaba la psicóloga que enfocaba su discurso hacia la prevención y luego hablaba yo. Mi testimonio siempre captaba muy fácilmente la atención. No me daba miedo hablar sin tapujos y no tenía apuro de hablar en público de mis experiencias íntimas. Las mujeres siempre sentían mucha simpatía y los hombres me miraban como pensando pues no solo va de gays la cosa. Por entonces la gente seguía muriendo de sida: “las personas vinculadas al Comité íbamos de entierro aproximadamente una vez a la semana y por eso mismo era tan necesaria la difusión de información”.

La difusión necesaria

Durante los diez primeros años desde que apareciera el Comité AntiSida en el año 1989, sus técnicos, usuarios y voluntarios se quedaron sin sede en varias ocasiones. Silvia cuenta que entre mudanza y mudanza sucedieron anécdotas de lo más ilustrativas: “al principio, las juventudes socialistas nos ofrecieron un local en calle Pelayo y muy poco después las juventudes del PP también quisieron mostrarse sensibilizadas y nos propusieron dar una charla a las mujeres afiliadas. Todas vinieron de peluquería. Comenzamos una conversación informal y de repente una se levantó como con una gran idea: ¿a nadie se le ha ocurrido la posibilidad de esterilizar a estas mujeres? Nosotras habíamos ido a dar la charla porque pensábamos que hasta las mujeres del PP debían estar informadas. Pero no podíamos salir del asombro. Fue muy revelador”.

Poco después la sede del Comité se trasladó al Centro Social Okupado calle Flora, activo desde 1991: “el kasal popular era todo un edificio y nosotros nos instalamos en uno de los pisos. Teníamos espacio suficiente para las reuniones de autoapoyo y para otras actividades de carácter lúdico. Había muchas asociaciones instaladas, se realizaban fanzines, se programaban conciertos y se informaba sobre el consumo de drogas”. A pesar de tratarse del centro social más activo de la ciudad durante aquellos años, el CSO calle Flora fue desalojado el 20 de diciembre de 1996 por la Policía Nacional ante la mirada atónita de los trabajadores sociales y entre las provocaciones del sector neonazi valenciano. Pero la vida seguía. Y la actividad del Comité también. Con o sin sede.

Había conocido Silvia a tanta gente con VIH que llegó a darse cuenta de que por norma más o menos general se había forjado una tendencia: “las personas retraídas, deprimidas o victimizadas por la enfermedad caían rapidísimo. Todo hacía pensar que era necesario intentar empoderarse”. Y eso que Silvia no las tenía todas consigo.

Madre soltera y con VIH

Cuando se separó finalmente de su marido, en los servicios sociales no fueron muy optimistas con el caso de su hija: “me avisaron de que podía perderla en cualquier momento”. A su ex marido le quitaron la tutela por sus conductas adictivas y a Silvia volvieron a realizarle desde el principio todo el protocolo de idoneidad. A la madre y a la hija esos años les parecieron décadas: “no recibí la patria potestad ni los documentos acreditativos de adopción definitiva hasta que la niña cumplió los 7 años. Entonces mi hija pasó a llevar mis dos apellidos y ese día fue toda una fiesta. Me sentía muy orgullosa porque todo mi esfuerzo y, sobre todo, toda mi actitud habían obtenido una recompensa”.

Mantuvo después una relación que duraría diez años con un chico que había conocido en el Comité, pero en el año 2009 deciden separar sus caminos. Un año más tarde Silvia es diagnosticada con Hepatitis C y decide cambiar de rumbo su vida para tratar de cumplir uno de sus sueños, estudiar Bellas Artes: “esta carrera me dio mucha vidilla, me rejuveneció y sacó mi vena más creativa. Desde entonces la pintura se convirtió en mi segunda arma de expresión y comencé a incluir mensajes subversivos en mis obras. El activismo artístico me parece sumamente interesante y lo utilizo sobre todo para crear impacto”. Entonces, tras finalizar la carrera se acercó a Avacos-H para proponerles ayuda y lo primero que hizo fue organizar una exposición fotográfica sobre mujeres positivas: “poco a poco seguí colaborando en otros ámbitos y con el paso de los años me eligieron como presidenta”.

“Pasé una larga temporada sola con mi hija. Quería convencerme de que podía hacerlo, de que no necesitaba estar con ningún hombre para sentirme plena y, de hecho, lo conseguí. Pero hace dos años conocí a un hombre que creó en mí nuevos planes e ilusiones y me dejé llevar por lo bueno que me venía. Actualmente vivimos juntos con mi hija y somos realmente felices, de no ser porque nunca en esta vida llega a ser todo como una quiere”.

Una lucha que sigue

En mayo del pasado 2014 Silvia es diagnosticada con cáncer de pulmón. Se somete a un tratamiento de radio y quimioterapia, y hace dos semanas un TAC descubre que su tumor se ha reducido a la mitad.

“Sé que este tipo de cáncer tiene un mal pronóstico. Sí. Lo tengo asumido. Pero ya es la segunda vez que los médicos me dicen que tengo una enfermedad mortal y, desde luego, lo que he aprendido es que no serán sus diagnósticos los que me arrebaten las fuerzas para seguir adelante”. Silvia siempre se ha visto como una mujer con suerte porque piensa que todo podría haberle ido mucho peor. Es consciente de su valía y ésta se evidencia en el entorno por la forma en que se adapta a los cambios: “gracias al apoyo de mi familia me ha sido mucho más fácil aprender a gestionar mis emociones, he sabido señalarme con el dedo con suficiente autoestima ante las masas prejuiciosas y me he recuperado estupendamente de un tratamiento de quimioterapia. Qué puedo decir, mas que nunca he dejado de vivir con alegría. Es por eso que con todo, y por todo, me siento plenamente orgullosa de la mujer en que me he convertido. De la mujer que soy”. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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