Transferencias

Cuando Domingo tenía 4 años, su madre falleció ahogada en una charca. Ella trabajaba como guardabarreras en una pequeña estación de ferrocarriles y, según lo que a Domingo le contaban, sobrellevaba como una leona los excesos de su marido gracias a la entrega con que cuidaba a sus hijos. Al menos, eso es lo que sus hermanas siempre le han relatado, porque él es incapaz de recordar de ella más que vagas y fugaces imágenes. De su padre, en cambio, sí guarda algún recuerdo más nítido, pero en ningún caso tan entrañable: “yo era el único varón de cinco hijos y de él solo heredé lo peor que tenía”.

Domingo siempre ha pensado que su padre trataba de convertirle, a su manera, en un hombre firme y rudo, pero las influencias que se esforzaba por trasmitirle de niño solo le invitaban a distanciarse aún más de él: “no me salen buenas palabras para definir a mi padre, porque nunca actuó como tal; él era alcohólico y, en cuanto mi madre murió, aprovechó para traer prostitutas asiduamente a casa”.

El padre de Domingo era albañil y falleció cuando éste tenía 11 años en un accedente laboral en una obra. Los hermanos quedaron huérfanos y María, la mayor de todas, decidió dedicarse por completo al cuidado de los pequeños como lo haría una madre: “pasamos a sentirnos muy solos, sobre todo porque mis tías paternas y maternas quisieron desentenderse y mandarnos a un orfanato”. La mayor no podía permitirlo, y se encargó de proteger a los que ahora eran niños hasta que crecieran y le permitieran elegir su propia vida: “siempre estaré agradecido a María por todo lo que ha hecho por mí, porque a medida que fueron pasando los años y fui sufriendo unos y otros problemas, estuvo a mi lado para brindarme su incondicional apoyo. Es a ella a quien se lo debo todo”.

María

Los años venideros serían el inicio de todos sus problemas con la marihuana: “mi hermana María comenzó a preocuparse mucho por mí, porque empecé a beber y a fumar de manera asidua y, al parecer, mi mente se descontrolaba hasta límites que yo no soy capaz de reconocer, así que decidió consultar mi caso con compañeros doctores del Hospital Clínico donde ella trabajaba realizando labores de limpieza”. Los médicos evaluaron a Domingo utilizando técnicas procedentes de múltiples disciplinas, así como Domingo se sorprendía de que la ingesta ocasional de alcohol y hierba pudiera trastornarle de tal forma: “me parecía que lo estaban exagerando todo, porque yo ni siquiera me drogaba con cocaína o heroína; yo prácticamente consumía lo que todo el mundo”. Sin embargo, él no asimilaba sus consumos de un modo deseable: “no tardaron en diagnosticarme un trastorno maníaco depresivo, que es lo que hoy día conocemos como bipolaridad”.

Domingo ha estado ingresado en la unidad psiquiátrica del Hospital Clínico en varias ocasiones. Él recuerda esos momentos como los peores de su juventud, porque lo mantenían con la idea de que era una persona diferente. En cierto sentido, Domingo siempre ha sabido buscar una justificación ante su problema: “de pequeño vi muchas cosas que no debí haber visto, así que estoy convencido de que mis trastornos mentales tienen que ver con el legado adictivo que recibí de mi padre”.

Heredades

Siempre que salía del hospital, Domingo buscaba un trabajo y trataba de mantener una vida normalizada junto a sus hermanas. Sin embargo, los trabajos nunca le duraban demasiado: “era una persona bastante insumisa, tanto que abandoné la mili por propia voluntad y pasé cuatro meses preso en Valladolid por desertor”. Tenía 23 años, regresó a casa de su hermana María y, al tiempo, los cinco hermanos recibieron una herencia y decidieron comprar un piso, que podrían utilizar en caso de necesidad. Un recurso que parecía anticiparse a la aparición de problemas.

Pasados unos años todas las hermanas acordaron ceder el apartamento a un Domingo que, medicado y controlado por los especialistas, parecía iniciar una vida normal, repleta de sueños y ambiciones: “fue en esta época cuando me diagnosticaron VIH; había empezado a salir con mujeres, algunas de ellas prostitutas, y no había pensado ni un instante que pudiera infectarme con un virus tan radical para la época”. Era el año 85, tenía 30 años y una vida entera para cuidarse e iniciar, definitivamente, un estilo de vida saludable con el apoyo de sus seres queridos: “entonces conocí a Ana y pasó a vivir conmigo durante casi quince años”.

Fue su relación más duradera. Puede que la única en la que Domingo se sintió liberado: “yo me abrí a ella y tuve la confianza de relatarle toda mi historia sin contemplaciones, pero tuvieron que pasar los años para enterarme de que ella también tenía VIH desde antes de conocerme”. Domingo aún se pregunta qué hubiera pasado si él no hubiera tenido VIH, ¿ella se lo habría ocultado de igual modo y hubiera puesto en riesgo su salud? Tras finalizar su relación, Domingo sufrió una grave recaída. Tenía 57 años y, de nuevo, fue ingresado en la unidad psiquiátrica del hospital. Pero a su regreso, absolutamente nada volvió a ser como antes.

Domingo2

“Cuando me dieron el alta, una de mis hermanas había colocado un candado en la puerta de la casa que teníamos en propiedad, en la que había estado viviendo todos esos años. De repente, se lamentaba de haberme cedido el espacio para vivir y decidió junto a su marido que ya no volviera nunca más a ese apartamento. Me quedé en la calle con el único apoyo de María y su familia, pero esta vez yo ya no quería que, de nuevo, fuera ella quien me acogiera en su manto de protección”. Entonces, Domingo decidió pedir ayuda y fue derivado a los recursos ofrecidos por el Comité Antisida.

Actualmente, reside en la Vivienda Supervisada “El Faro II”. Toma su mediación con verdadera dedicación y hace tiempo que no sufre una recaída. Cuando Domingo se encuentra bien tiene una gran sonrisa dibujada en su rostro y se atreve a desear que su situación mejore con la mejor de las expectativas: “he conseguido ser una persona alegre, a pesar de todo lo que he vivido y de todo lo que me he esforzado por gestionar en mi interior. Solo me falta una mujer con quien compartir los años que me esperan, para sentir que en esta vida no son necesarias grandes fortunas o herencias para ser feliz”. Porque a Domingo le basta con saber que teniendo un apoyo, puede mantenerse en pie todo el tiempo que quiera. ♦ Pilar Devesa – Valencia

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