Vías de escape

José Vicente tiene 47 años y ha pasado casi treinta consumiendo speedball a diario. Es consciente de las limitaciones cognitivas que ha supuesto un enganche tan acusado y duradero, pero se siente orgulloso de no haberse quedado en el camino y poder recordar con relativa nitidez parte de sus vivencias y alucines. Fue diagnosticado con VIH en el 89, a los 19 años, pero no sería tal noticia motivo apremiante de cambio. Al menos, no por entonces.

“El speedball es una combinación de heroína y cocaína muy fuerte que te metes por la vena y te permite terminar el colocón del caballo con un subidón de euforia que te mantiene puesto casi el doble de tiempo”. Sabe mucho sobre drogas, José Vicente, y no es de extrañar: ya había sido seducido por la cola y los disolventes con tan solo 9 años; quedaba con los colegas en el parque de Viveros y pasaba el día pensando que las risas momentáneas alimentarían sus desmotivaciones insaciables. Hasta la fecha, ni el colegio ni los sermones de los mayores le habían interesado lo más mínimo; a José Vicente lo único que le gustaba era dibujar, pero por entonces nadie le había mencionado que tal afición podía brindarle una oportunidad de futuro. Una vía de escape.

Una cosa vino tras otra y cuando José Vicente entró en la adolescencia ya era una persona con adicción a innumerables sustancias. La madre no encontraba discurso convincente para combatir las conductas de su hijo: sabía que se movía por ambientes peligrosos y temía que sus restricciones alentaran sus despropósitos. Fue en aquella época, mediados de los 80, cuando empezaron a detenerlo en repetidas ocasiones por robo con intimidación en establecimientos y en la vía pública: “llegó un momento en que mi madre comenzó a pagarme la droga para que no hiciera daño a más gente”. Pero poco después se fue a la mili y su dependencia a la heroína se hizo más acusada: “fue mi perdición, ahí me inicié con el speedball”. Y como él mismo dice, lo cierto es que no hay dinero ni honradez suficientes para el pobre que necesita diez chutes diarios.

De profesión: machaca

“Cuando regresé de la mili me tiraba el día vagando por el barrio chino buscando a la gitana o a los morenos para pedirles mi mezcla. Me pinchaba con jeringuillas que encontraba por el suelo y nunca usé ninguna protección en mi experiencia con la droga en vena. Quizás por esa fecha me dijeron lo del VIH, pero yo no recuerdo darle mucha importancia. En esos momentos tan solo quería salir de donde estuviera para buscar más droga”.

Dedicó algunas temporadas al trabajo en el campo, en las huertas de Benimaclet, pero la mayor parte del tiempo la pasaba facilitando clientes a los camellos de las barriadas subalternas: “me proponía como machaca a los que tuvieran mejor mercancía; si les conseguía cuatro yonquis me pasaban una dosis para mi consumo y quizás media para una prostituta. Y así era, de Balmes al Cabanyal y del Cabanyal a La Plata”. El día de ese modo se le hacía corto, sucedía como un rayo: “siempre de aquí para allá con cualquier colega, robando por el camino, colocándonos a la ida y a la venida. Siempre drogados”. Al final, no pudo ser de otra manera y, de los 20 a los 30, José Vicente entró en prisión hasta en tres ocasiones.

“Una de las veces entré por robo con intimidación: había intentado atracar a un chico que no llevaba nada encima y la policía me atropelló para capturarme cuando me vio salir corriendo. La segunda vez me pillaron traficando con hachís. Y en la tercera estafé un banco junto a un amigo”. En total, pagó seis años intermitentes mientras había intentado en alguna ocasión tratar sus adicciones con metadona.

En la cárcel, José Vicente tuvo oportunidad de conocer a personas en su misma situación, que trataban por todos los medios de sobrellevar el mono: “un colega, el Sevillano, me enseñó a hacer dibujos con hilo. Me gustaba porque es una actividad para la que necesitas invertir mucho tiempo, tienes que estar concentrado y eso me ayudó a mantener la cabeza entretenida. Desde que empecé a intentar dejar la droga he hecho medio centenar”.

Cuando cumplió 32 en el año 2000, José Vicente decide que con la llegada del nuevo milenio necesita iniciar otra vida: abandonar el speedball. Sin embargo, hasta 2012 no se desengancha por completo de la cocaína combinada con metadona. Fueron necesarios varios intentos y una gran fuerza de voluntad para dar con el otro camino. Ese que, al caminar, le recompensa por el hecho de dejar rastro.

José Vicente actualmente lleva cuatro años limpio y tres acudiendo al Comité para motivar y desarrollar sus habilidades personales y sociales. Vive con su madre y padece hipertensión, problemas de riñón y arritmias, pero todo eso no le ha impedido entablar amistad con otros usuarios del Comité y volver a explotar la vena creativa que dormía en su interior. José Vicente ha apostado por la otra vía y desde entonces se contenta por los logros que supera día a día y lo reafirman como persona. Como volver a dibujar. Como motivar su concentración gracias a la artesanía con hilos. Como mantenerse positivo durante toda una jornada. Como acceder a una entrevista y ser capaz de acordarse de todas las respuestas. Pilar Devesa ♦ Valencia

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